La misma toma,
películas distintas
Volvimos a tomar una foto de una tarde de lluvia. Cada película hace de ella una imagen distinta. Elegir ya es fotografiar.
Arrastra el tirador a izquierda o derecha
El sol se va y el cielo sigue azul un rato más. En esos quince minutos, las luces que se encienden parecen imposiblemente cálidas y descubres que todavía no quieres entrar. Cárgala las tardes en que no quieres que el día acabe.
Un verde frío se posa sobre la piel. Pasillos donde zumban los fluorescentes, las horas en que el sueño no llega y el tiempo pasa igual. Todo el mundo sale con algo de fiebre en la cara, y son esas noches las que recuerdas más tiempo.
El azul se acumula en la sombra y las zonas claras se vacían hacia el blanco. Es el aire de un día cualquiera en que te quedaste junto al agua y entendiste que el verano había terminado. No es frío, exactamente: solo un poco de soledad.
Quita el color y solo queda un grano grueso. Calles con lluvia, tardes en que los dos hablan menos, horas que no necesitan explicación. Repasarlas después se parece a hojear un diario viejo.
Hay días en que el mar no es azul, sino del color del acero. El viento es duro, las manos duelen y aun así te quedas ahí de pie. El frío vuelve pegado a la imagen.
Los colores vuelven nítidos. Los toldos rojos de los puestos, la fruta apilada en cajas, las voces que pasan entre la gente. El día que te pareció que no era nada acaba siendo el rollo que vuelves a abrir más veces.
Se extiende blanco y suave. La ventana empañándose, la primera nieve empezando afuera, temprano. Las caras tomadas de cerca salen inusualmente calladas.
El naranja se desborda donde cae la luz. Las farolas, el cristal de una tienda abierta a medianoche, el último tren que todavía no llega. Aunque estés de pie y solo, en la foto pareces tener menos frío.
Casi todo el color se va y queda el amarillo del papel viejo. Fotos que ya son pasado en el instante en que las haces. Salen igual que aquello que te detiene la mano, años después, cuando vuelves a abrir el cajón.
La piel se calienta y las sombras se aflojan. Dos de la tarde, el sol atravesando la cortina y entrando en el cuarto. De cerca, la gente parece un poco más amable de lo que era.
El rosa se posa en las zonas claras y las sombras se abren. Caras, flores, las cosas que nunca te cansas de mirar. Lo que intentabas esconder aparece primero en la foto.
Solo el rojo sobrevive; lo demás se hunde en la oscuridad. Un cuarto con una sola lámpara, el cuarto oscuro donde esperabas que apareciera una imagen. Hay cosas que se quedan más nítidas porque estaba oscuro.
Lavado por la luz hasta que solo queda blancura. Un mar demasiado brillante para mirarlo, extensiones anchas donde no hay nada. Hasta la sensación de no poder ver bien queda dentro de la toma.
Se destiñe hacia el amarillo, como una copia que estuvo demasiado tiempo al sol. La vista desde una ventana a mediodía, un día entero dejando correr las horas. Devuelve la sensación de unas vacaciones a las que aún les quedaban semanas.
Sombras verdes y grano grueso, como una cinta vieja. Callejones cargados de carteles, un bar pequeño y ruidoso detrás de la puerta. La noche vuelve como si alguien la hubiera grabado.
El verde entra a fondo en la imagen. Las hojas justo cuando para la lluvia, el viento cruzando los arrozales, una tarde tan espesa que casi no se respira. El olor te llega antes que la foto.
